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Que el indol-3-carbinol (I3C) es uno de los principales compuestos responsables de las importantes propiedades anticancerígenas del brécol y en general de todas las crucíferas –léase coles de Bruselas, coliflor, repollo, etc.- ya se sabía. Es más, dichas propiedades están documentadas desde la década de 1970. Y, de hecho, el I3C se encuentra en la actualidad en la fase de ensayos clínicos con humanos como potencial fármaco frente a los cánceres de mama y próstata en virtud de su capacidad para detener el crecimiento de las células cancerígenas.

Pues bien, ahora científicos de la Universidad de Berkeley han descubierto cómo actúa: inhibiendo la acción de la encima elastasa (las encimas pueden ser vistas como los catalizadores de las reacciones celulares; es decir, la pieza de la maquinaria celular que permite que una reacción tenga lugar al ritmo necesario). En el caso concreto de la elastasa, ésta interviene en un proceso que determina el ritmo de la división celular. Así, cuando está presente en concentraciones demasiado elevadas en las células, como sucede en las de un cáncer, aquellas proliferan rápidamente.
Se trata de un descubrimiento fundamental pues conocer el mecanismo de acción abre la puerta a la posibilidad de diseñar derivados del I3C más efectivos. La investigación aparece en el último número de Proceedings of the National Academy of Sciences.
Lo irónico es que el brécol presente tamañas propiedades anticancerígenas cuando en sí mismo es el fruto de una mutación maligna; si me apuras, un tumor -entendiendo como tal una masa de células transformadas con un ritmo de crecimiento y multiplicación anormales-. Conste que la analogía no es de cosecha propia, sino de una voz mucho más autorizada, la de Josep M. Casacuberta, investigador del Instituto de Biología Molecular de Barcelona, que en su obra El genoma fluido se encarga de explicarlo:
¿No es una auténtica aberración una planta que no es capaz de florecer normalmente y que en lugar de flores desarrolla en el extremo del tallo un enorme amasijo de células extrañas? ¿No han pensado nunca en lo fea que puede ser una coliflor? ¿Y un brócoli? No existe probablemente defecto peor para una planta en la naturaleza que tener dificultades en dar semillas. Tanto la coliflor como e brócoli son mutantes que no son capaces, en condiciones normales, de dar las flores que dan sus hermanas silvestres, y en su lugar desarrollan un órgano repleto de células similares a las del tallo, como si de un tumor se tratara. Un tumor, pero un tumor bien bueno, puesto que es precisamente esa parte, la que debería de haber sido una flor y no fue, la que nos comemos”.

Y ya aprovecho la ocasión para recomendar encarecidamente a los radicales “frente anti-cultivos modificados genéticamente” la lectura del capítulo 4 de dicho libro y, en concreto, del epígrafe “El hombre seleccionador: la mejora genética en plantas y animales”. Por cierto, y para socavar la resistencia de los más escépticos, J. M. Casacuberta es uno de los expertos del Panel Científico de Organismos Genéticamente modificados de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria.
Para finalizar con un buen sabor de boca, no me resisto a incluir la receta que ofrece Gary Firestone, uno de los berkeleyanos autores de la investigación original, para hacer más digerible su recomendación de consumir crucíferas una vez al día:
Coles de Bruselas caramelizadas:
½ Kg de coles de Bruselas
1 chalota
2 pizcas de azúcar
1 cucharadita de aceite de oliva
Corta las coles de Bruselas al medio y cocínalas al vapor hasta que estén casi hechas. Pica la chalota y sofríela en el aceite de oliva hasta que se ponga blanda, añade el azúcar y las coles y cocínalas hasta que estén marrones y caramelizadas.
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