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Desde que se empastan los dientes agujereados con amalgama hay disputas sobre el mercurio usado en el empaste. Poco después de su presentación estalló en el año 1833 la “primera guerra de la amalgama” en EE.UU. De repente aparecieron enfermedades desconocidas y pocos años después se volvió a prohibir la amalgama. Dentistas, que después de la prohibición continuaron a utilizar la amalgama, perdieron su licencia.
Pero la prohibición duró poco tiempo. Bajo la presión de la industria quedó anulada en el año 1860 y de pronto la amalgama fue considerado un material de empaste valioso, porque era barato y fácil de elaborar. No obstante aumentaron entonces las intoxicaciones de mercurio. Informes sobre este tema fueron desmentidos e ignorados. La nueva enfermedad se llamó “neurastenia” y se consideró causada de forma “psicosomática”.
En Alemania estalló el año 1926 la “segunda guerra de la amalgama”. El reconocido profesor de química Dr. Alfred Stock, director del Instituto Max-Planck de Berlín demostró en su día en varios experimentos que el mercurio sale de los empastes de amalgama y puede ser acogido por el cuerpo. Dijo: “No hay ninguna duda que muchos síntomas, entre ellos fatiga, depresión, irritabilidad, vértigo, amnesia, inflamación bucal, diarrea, inapetencia, catarros crónicos (inflamación de mucosa) son muchas veces ocasionados por el mercurio al que el cuerpo está expuesto por sus empastes de amalgama, en cantidades pequeñas pero continuas. Los médicos deben prestar seria atención a este hecho. Entonces, probablemente se comprueba que el uso despreocupado de la amalgama como empaste dental ha sido un delito grave a la humanidad”.
Hoy en día la amalgama es el empaste más utilizado. El toxicólogo muniquense Dr. Max Daunderer, hoy el crítico más feroz, tranquilizó durante casi dos décadas a los dentistas respecto a la amalgama hasta que “encontramos por casualidad en una niña de 10 años, que se encontró en coma, como única causa de su intoxicación crónica de mercurio cinco empastes de amalgama”. Desde entonces, Daunderer demostró intoxicaciones en mas de 10.000 pacientes. “Estamos sorprendidos de los daños provocados por la intoxicación crónica. Probablemente mueren solo en Alemania miles de personas bajo los signos de un infarto de corazón o de un ataque de apoplejía por consecuencia de la amalgama”.
Siete empastes de amalgama corresponden a un peso de unos 2 gramos de mercurio puro. Tan sólo un gramo de mercurio conduciría a la muerte por inyección directa. Soportamos esta gran cantidad de mercurio porque en primer lugar existe en su forma metálica, que relativamente es poco tóxica y en segundo lugar porque se disuelve y es absorbido por el cuerpo lentamente. A 20 grados centígrados se evapora el mercurio y en esta forma de vapor es altamente tóxico. Al existir en la boca a veces temperaturas entre 40 y 60 grados, continuamente se libera vapor de mercurio y es absorbido por el cuerpo. Esta liberación de mercurio aumenta por masticar fuertemente, pastas dentífricas con fluor, comidas y bebidas calientes o ácidas, fumar y masticar chicles.Y se sabe que con dosis pequeñas pero prolongadas se sufre la misma gravedad de intoxicación que con intoxicaciones agudas o en corto plazo.
Al principio el cuerpo intenta aún acabar con el mercurio. La gente que posee un alto nivel de selenio es capaz de soportar el ataque continuo del mercurio durante más tiempo. Científicos suecos descubrieron que un alto nivel de selenio acelera la excreción natural del mercurio. En primer lugar, el selenio contrarresta al mercurio como un elemento de enzima. En segundo lugar forma con el metal tóxico una combinación no tóxica. De esta forma queda desactivado no sólo el mercurio sino también el selenio. La consecuencia es que el nivel de selenio baja y el mercurio puede desarrollar su acción en el cuerpo cada vez más.
Numerosos estudios confirman que el mercurio perjudica y bloquea determinadas hormonas, receptores y enzimas. Así se perturba principalmente el metabolismo en el cerebro, los nervios, las proteínas, grasas, hidratos de carbono y vitaminas. Esto se refleja en múltiples enfermedades que el “médico clásico” normalmente no se puede explicar, pues en la formación de los médicos las intoxicaciones apenas tienen importancia.
El mercurio también ataca al sistema inmunitario, así que hongos (p.ej. candida), virus y bacterias pueden extenderse muy fácilmente. Puesto que el mecanismo natural de desintoxicación está paralizado no se pueden excretar otras sustancias nocivas de nuestro entorno que absorbemos involuntariamente cada día (barniz de madera, formaldehído, plomo, cadmio) y se almacenan en el cuerpo.
Daunderer describe los siguientes síntomas principales de la intoxicación de mercurio:
Poca vitalidad, irritabilidad, dolor de cabeza, mareos, temblores, molestias intestinales, pérdida de memoria, insomnio, debilidad muscular, dolores de espalda, de mandíbula, paradontósis, alergias, nerviosismo, depresión, perturbaciones de coordinación, parálisis, perturbaciones de vista y de oído, defensas bajas frente a infecciones, arritmia, anemia.
Entre la colocación del empaste de amalgama y la intoxicación pasan frecuentemente muchos años. Hay gente que les afecta más y otros menos. Y a algunos parece ser que no les afecta nada. Esto depende principalmente de la buena función del sistema inmunitario, del mecanismo de desintoxicación, de la forma de vida, alimentación y contaminación del ambiente.
La mayoría de la gente sufren tarde o temprano un desequilibrio a consecuencia de las cantidades continuas de mercurio. Se sienten cansados y agotados y de vez en cuando tienen dolor de cabeza. Pero se acostumbra a eso y a lo mejor se culpa a la edad. Cada vez más falla la memoria. De pronto aparecen alergias o dolores en las articulaciones.
Se debe sospechar una intoxicación prácticamente en todos los pacientes que son resistentes a los tratamientos de los médicos. Ni siquiera hace falta que lleven empastes ellos mismos. A lo mejor tienen una intoxicación por los empastes de la madre o los dientes fueron saneados hace algunos años pero el mercurio se encuentra todavía en el cuerpo.
Hay varios métodos para diagnosticar una posible intoxicación:
La prueba del chicle:
Se emplea para demostrar que se desprende mercurio de los empastes de amalgama que se encuentran en la boca. Antes de hacer la prueba se guarda un poco de saliva. Luego se mastica de forma intensiva durante unos diez minutos un chicle sin azúcar. Posteriormente se analiza la saliva en un laboratorio respecto a su nivel de mercurio. Según un estudio de la universidad de Tübingen publicado en mayo 1996, uno de cada tres de los 17.000 portadores de amalgama analizados tenía en su saliva niveles de mercurio demasiado altos y según los médicos perjudiciales para la salud.
Prueba DMPS:
DMPS (Dimercapto-propansulfonato) es una sal sulfúrica a la que se adhiere el mercurio en la sangre. A través de la orina y las heces se excretan los tóxicos. Daunderer analiza la orina espontánea entre 45 y 60 minutos después de la inyección de DMPS en búsquedas de mercurio y otros metales. De esta forma puede deducir la gravedad de la intoxicación.
Electro-acupuntura según Voy (prueba EAV):
Esta prueba no mide el mercurio que excreta el cuerpo sino la contaminación del cuerpo. Si se realiza la prueba con exactitud se pueden conseguir resultados fiables con EAV. No sólo el nivel de intoxicación se puede medir sino también qué órganos están especialmente afectados o dañados.
Prueba de metales pesados:
Este método existe desde hace pocos años. Con ella el médico puede diagnosticar de forma rápida y sencilla el grado de la intoxicación con una prueba de orina.
Radiografía:
Debajo de los empastes de amalgama se forman muchas veces depósitos de amalgama. Con una radiografía “blanda” un médico experto puede localizar estos depósitos.
Análisis del tejido con una tomografía:
Con una tomografía se puede descubrir si el tejido está contaminado con metales pesados. En los portadores de amalgama suelen ser la corteza cerebral, la hipófisis y la mandíbula.
El primer paso después de la prueba de intoxicación es eliminar el mercurio de la boca. Es fundamental acudir a un dentista con experiencia en el saneamiento de amalgama. No va a eliminar todos los empastes de una vez, sino poco a poco. Pues al taladrar sale vapor de mercurio que contaminan el cuerpo adicionalmente. Además hay que proteger al paciente con un pañuelo de goma que se introduce en la boca con el fin de retener el vapor y para evitar que se trague el polvo de amalgama. De forma preventiva el Dr. Daunderer recomienda tomar unas dos horas antes de la cita unas cápsulas DMPS o DMSA. Se debe taladrar con un taladro de giro lento. Después de la intervención el paciente debe beber mucha agua. Esto facilita la eliminación de los tóxicos.
Después de la eliminación de la amalgama es importante que no se inserte directamente oro. Esto dificulta la eliminación completa del mercurio de la mandíbula. Se recomienda un empaste provisional de cemento.
La pregunta finalmente es: ¿qué empaste debo utilizar para mis dientes ?
Cemento: para empastes muy pequeños, que sufren mucha presión al masticar, se puede emplear cemento mineral. Es inofensivo y fácil de emplear. Como es un material resistente a la abrasión solamente se puede emplear de forma limitada a causa de la presión alta en la zona de las muelas. Su vida útil es de 2 o 3 años.
Empastes de plástico (composites) : son más estable. Se utilizan para los dientes frontales. Pero el composite tampoco se pueden emplear de forma universal. El agujero tiene que ser rodeado con esmalte sano para hacer un empaste correcto. El problema es que el plástico encoge cuando endurece y esto puede dejar un hueco lateral. Así, bacterias pueden introducirse al diente y provocar caries. Por eso el paciente debe cumplir sus citas semestrales de control. La vida útil de los composite es de 4 o 5 años.
Inlays de oro: las alternativas verdaderas para la amalgama son empastes de inserción (inlays) de metal noble (oro, platino o plata). Se pueden emplear de forma universal. Muchos inlays resisten 15 años en la boca, algunos hasta 40 años. Tienen la requerida firmeza y estabilidad para la zona de las muelas y no perturban al cuerpo. Ni siquiera el cemento que se utiliza para fijarlos tiene efectos secundarios. Y además se consigue una cerradura lateral perfecta: las bacterias prácticamente no pueden entrar. Pero mucho cuidado con la elección de las aleaciones de metal porque no requieren una comprobación biológica. Así hoy día existen unos 930 mezclas en el mercado, en parte de los metales menos nobles. Con consecuencias amargas: Loni Weber, de la “Asociación de intereses de afectados por metales dentales” asegura que tienen más de 3000 personas con sufrimientos a causa de aleaciones con cobre-paladio: picores en la lengua, mareos, parálisis, dolores en las articulaciones, etc. Ella recomienda “90% oro y 10% platino” porque cuanto más alto sea el porcentaje de metales no nobles más fácil puede corroer el empaste. Se desprenden partículas tóxicas que se depositan de forma parecida a la amalgama en el cuerpo y pueden resultar perjudiciales. Este efecto se ve aún potenciado cuando se encuentran varias mezclas en la boca unas al lado de otras entre las que crecen campos de tensiones eléctricas. Especialmente cuando se pone un empaste de amalgama debajo del oro. Para prevenir eso se recomienda que el paciente se haga un “carnet de aleaciones” de todas las que tenga en su boca. Lo ideal sería sólo un tipo de aleación en la boca.
Inlays de plástico o de cerámica: A quien le importa un empaste del color dental puede hacerse inlays de plástico o de cerámica. Pero estos no se pueden emplear de forma universal. Condición más importante: en sus alrededores tiene que haber esmalte sano.
El plástico para inlays se elabora en procedimientos especiales de endurecimiento. Esto los hace más resistentes y evita que encojan. Pruebas exhaustivas de materiales han demostrado que entre estos inlays y los empastes de amalgama no hay ninguna diferencia en el desgaste.
La mejor solución estética es el inlay de cerámica. Un material que se puede emplear también para coronas y puentes igual que las aleaciones de metal. Se comporta muy bien y es resistente a la abrasión. La inserción puede tardar hasta una hora frente a los pocos minutos que se necesitan para un inlay de oro. Por esta razón, los inlays de cerámica son la alternativa más cara. Otro inconveniente: Su superficie es muy dura lo que puede provocar la abrasión con los dientes de la mandíbula opuesta. Además, la cerámica se rompe más fácilmente y su vida útil es relativamente corta: sólo entre 5 y 8 años. Los inlays de cerámica fabricados por ordenador (CEREC) los puede hacer el médico en la misma cita. El tiempo ganado lo tiene que “pagar” el paciente a veces con la falta de precisión en el ajuste del inlay.
De todos modos, un diente sano no necesita ningún empaste. Con una alimentación baja en azúcar, una profilaxis razonable de caries y visitas regulares al dentista, cada uno lo tiene en su mano si necesita un empaste o no.
El Instituto Federal de Medicamentos de Alemania firma que la “amalgama contribuye censurablemente a la contaminación del hombre”. Desde el 1 de julio de 1995 limita aún más el uso del amalgama durante el embarazo y el período de lactancia. Todavía no se ha llegado a una prohibición del material controvertido. No es extraño, porque la amalgama es un tema político: pues un 95% de la población tiene amalgama en su boca. Un saneamiento general de los dientes costaría miles de millones de pesetas.
No obstante, en Japón se ha cambiado a empastes de plástico desde el año 1982. En la Ex-URSS la amalgama está prohibida desde 1975.
En España, puesto que la Seguridad Social no incluye los servicios de odontología, no es comprensible que se siga utilizando este tipo de empaste, tomando en cuenta que los gastos por enfermedades ocasionadas por intoxicación de mercurio sí se tienen que afrontar.
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