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La persona que acompaña en el parto puede ayudar a la madre a colocar el bebé al pecho, de modo que pueda prenderse correctamente y no haya mala posición de la boca al mamar. Tal vez sea preciso utilizar almohadas debajo de la cabeza de la madre o de sus brazos si está sentada. Ella puede también girar hacia un costado y colocar al bebé junto a su cuerpo.
Un bebé nacido por cesárea también se beneficia del contacto piel con piel si se lo coloca junto a la mejilla de su madre inmediatamente después del parto. En este caso, cuando se inicia la lactancia materna (a ser posible durante las dos primeras horas posteriores al parto).
Para los recién nacidos saludables de bajo peso, el método canguro resulta efectivo para su cuidado. El método de asistencia llamado de la madre canguro significa un cuidado piel con piel precoz, prolongado y continuo en posición similar a la de un canguro, entre la madre y el recién nacido. Este tipo de asistencia ha dado resultados para lograr la temperatura corporal efectiva y prolongada y una frecuencia cardíaca y respiratoria en los recién nacidos de bajo peso. El cuidado piel con piel fomenta un buen contacto con el pezón y la succión, el lazo entre la madre y el hijo y el establecimiento de una lactancia materna exitosa una vez que el lactante está lo suficientemente maduro como para succionar.
Este contacto favorecerá el establecimiento de una flora habitual ideal para el recién nacido y específica con los anticuerpos que le presenta la madre. La colonización bacteriana también favorecerá el aporte de vitamina K en el niño.
El calostro, esa primera sustancia láctea pegajosa y amarillenta, debería ser lo primero que pruebe el bebé. No es aconsejable proporcionar agua, ni otra bebida o alimento a modo de ritual.
La madre y su bebé deberían permanecer juntos. Durante las primeras horas posteriores al parto se controlan la temperatura, pulso y tensión arterial (a menudo denominados signos vitales) de la madre y la hemorragia mientras el bebé permanece sobre su pecho. De esta manera, también es posible controlar la temperatura, respiración y frecuencia cardíaca del bebé. La madre, instintivamente, y los que la acompañan, van a aprovechar estos momentos para repasar todos estos puntos:
1) Darse cuenta si el niño respira, si lo hace fuerte o si no respira, si llora.
2) Mirar el color del niño, si está amoratado o de color sonrosado.
3) Observar los movimientos del niño, si está flácido o mantiene buen tono muscular.
4) Percatarse si responde a estímulos.
5) Mirar si le late el corazón; a veces esto no se mira; se supone, si los otros puntos están bien.
La primera en sistematizar estos parámetros fue una mujer pediatra: Virginia Apgar. Posteriormente, con estos cinco puntos se ha hecho un test, valorando de 0 a 2 cada uno y dando como resultado una puntuación total de 0 a 10.
Pero la madre, antes de entretenerse a valorar todo lo anteriormente dicho:
– Limpiará por la nariz las vías respiratorias del niño succionando con su propia boca o una pera de goma. Esto sólo si las lleva obstruidas.
– Controlará el cordón umbilical para no cortarlo hasta que deje de latir.
– Limpiará los ojos del niño con agua o unas gotas del limón muy diluido.
– No limpiará nada del vermix caseoso y dejará que la piel del niño se nutra con este vermix.
– Una vez cortado el cordón umbilical, examinar y comprobar que hay una vena y dos arterias.
Después de hecha esta primera visión, sobre la marcha se pueden explorar en el niño otras partes de su cuerpo, haciéndole responder a estímulos nerviosos:
- Reflejo de moro o del abrazo: Si se coge al niño sentado y se le suelta para volver a cogerlo o se le pone tumbado boca arriba en la cama y se golpea ésta, el niño abre las manos y los brazos. Este reflejo se mantiene hasta los 3 ó 4 meses.
- Si ponemos al niño boca abajo, al verse así, eleva la cabeza; es el reflejo de enderezamiento de la cabeza.
- Si le tocamos el labio superior o región geniana del labio, el niño trata de succionar. Es el reflejo del hociqueo.
- Si se le estimula la boca o los labios con el pezón o los dedos, el niño succiona. Es el reflejo de succión.
- Si se le estimula en la espalda en los cuatro puntos cardinales, el niño se mueve. Es el reflejo de los cuatro puntos cardinales.
- Si le estimulamos un lado del tronco, el niño se curva hacia ese lado. Gracias a estos dos últimos reflejos puede observarse cómo el niño repta.
- Si lo sujetamos por las axilas, un poco inclinado hacia delante, y se apoya en una mesa, iniciará la marcha.
- Si le tocamos la palma de la mano o la planta la del pie, rápidamente estira los dedos. Es el reflejo de Babinsky o de Barraquer. Dura hasta los 9 meses, el que desaparezca este reflejo se asocia a que el niño pronto va a comenzar a andar.
Muchos de estos reflejos se observan de forma espontánea en el recién nacido al colocarlo sobre la barriga de la madre. Los realiza de forma automática el bebé al buscar el pezón de la madre.
Además de estos reflejos, si se posee un fonendoscopio, se pueden auscultar los ruidos cardíacos.
Los dos tonos son iguales y los espacios sistólico y diastólico también. La tensión del niño no suele pasar de 80-90 la máxima y la mínima suele ser de 50.
Vigilaremos también si orina antes de 24 o 48 horas y si expulsa las primeras heces o meconio, de coloración negro-verdosa.
Otra prueba a valorar sería si existen pequeñas subluxaciones de cadera. Se valorará haciendo la maniobra de Ortolani. Se cogen las piernas del niño acostado hacia arriba y se le hace abducción y aducción de cadera (abrir hacia fuera y cerrar hacia dentro las caderas). Se comprueba que el movimiento sea correcto, que no se atasque. Luego se ponen las piernas flexionadas en ángulo recto de cadera y de rodilla y se comprueba que estén a la misma altura.
En la medicina fetal y neonatología actual nos encontramos con recomendaciones dirigidas al recién nacido sano que junto a la indicación de respetar en todo momento al niño y realizar la menor cantidad de maniobras posibles, al final hay una intervención sistemática basada en el miedo y en la intención de prevenir todas las enfermedades posibles a base de medicación preventiva y una analítica exhaustiva, con intervenciones gratuitas que van desde sondas nasogástricas, intubaciones, vitamina K, prueba del talón o cribado endocrinometabólico que incluirá obligatoriamente la detección del hipotiroidismo congénito utilizando como marcador a la TSH (normal< 10 U/ml) y de la fenilcetonuria determinando la fenilalanina (normal < 2,5 mg/dl), vacunas etc.
Muchas de estas pruebas no son necesarias y ni siquiera útiles si la observación del niño es normal.
Por ello habrá padres y madres informados que no estén de acuerdo con ellas y será muy respetable escuchar y seguir las expectativas de estos padres que ante la duda de pruebas o intervenciones sobre su hijo prefieren seguir observado a su hijo sano y sólo intervenir si hay algún problema.
Hay autores como Jean Liedloff, que nos hablan del concepto del continuum. Se refieren a la idea de que, para alcanzar un óptimo desarrollo físico, mental y emocional, los seres humanos (especialmente los bebés) necesitamos vivir las experiencias adaptativas que han sido básicas para nuestra especie a lo largo del proceso de nuestra evolución. Estas experiencias necesarias son:
- Contacto físico permanente con la madre (u otro familiar o cuidador/a) desde el nacimiento.
- Permanecer constantemente en brazos o pegado/a al cuerpo de otra persona hasta que el bebé comience a arrastrarse o gatear por sí mismo, lo que sucede en torno a los 6-8 meses.
- Dormir en la cama de los padres en permanente contacto físico hasta que el bebé decida lo contrario por sí mismo, lo que ocurre alrededor de los dos o seis años.
- Lactancia materna a demanda.
- Disponer de cuidadores/as que atiendan las necesidades del bebé (movimientos, llantos, etc.) sin emitir juicios ni invalidarlas.
- Es importante tener en cuenta que el bebé no debe ser el centro de atención permanentemente, aunque sí debe sentir que sus necesidades serán satisfechas.
- Hacer sentir al bebé que es querido y bienvenido.
Así, poco a poco, día a día, iremos viendo al niño y aprendiendo de él, el lenguaje de la vida, el camino de la salud que brota espontáneamente.
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