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¿Cuál es la mejor forma de tomar el té?

Con un chorrito de limón y azúcar.
Que así se favorece y mucho la absorción de las catequinas. Tal y como ha demostrado un estudio efectuado por investigadores de la universidad de Purdue y publicado en el Food Research International.
¿Las cate… qué? Catequinas. Y aunque podría decir que se trata de unos compuestos polifenolicos de la extensa familia de los flavonoides y, en concreto de la subclase de los flavanoles y quedarme tan pancho, como sospecho que eso sería enterrar al lector bajo un cúmulo de esdrújulas sin mayor sentido, para el propósito aquí perseguido, baste decir que las catequinas son los principales compuestos bioactivos del té; a las que se les atribuye un puñado de beneficiosos efectos para la salud, entre los que destacan su actividad frente a los problemas coronarios, el cáncer, la apoplejía o la diabetes. Y unos compuestos cuyo mayor debe es –o era hasta ahora- que en condiciones “normales” –esto es, tomando el té “a secas”- son muy malamente absorbidos por el organismo.
Hete aquí uno de los grandes dilemas de los compuestos bioactivos presentes en las plantas, muchos de los cuales demuestran una gran actividad in vitro que luego no se refleja in vivo por mor de no ser bien absorbidos y/o asimilados por el organismo.
Y un dilema que en el caso de las catequinas, como hemos visto, tiene fácil solución: añadir un chorrito de limón o similar (que contenga ácido ascórbico) y /o azúcar -la nube de leche es opcional, aunque yo no la “perdono”- multiplica hasta por tres su absorción en el torrente sanguíneo.
Lo cual es una verdadera suerte porque precisamente otro reciente estudio, publicado por las mismas fechas ha puesto de manifiesto que las catequinas del té y en concreto la epigalocatequina –abundante sobre todo en las variedades blanca y verde de la infusión- es una poderosa aliada de los huesos al estimular la actividad de una encima fosfatasa clave en el desarrollo del tejido óseo (esto es, que promueve la actividad osteoblástica) además de favorecer el proceso de mineralización del hueso; al tiempo que inhibe la formación de osteoclastos, los responsables de la degradación de dicho tejido óseo.

Más allá de por sus propiedades nutricionales y para la salud –que las tiene, como se verá más adelante- la de canguro se postula como la carne del futuro por ser la alternativa más respetuosa con el medio ambiente. No en vano es la que produce menos gases… invernadero.
El ganado mundial, capitalizado por vacas y ovejas, es responsable del 18% de los gases invernadero emitidos a la atmósfera –un porcentaje superior al liberado por todas las formas de transporte combinadas-. Una contribución que crece conforme aumenta la población mundial y su demanda de carne y que llega en forma de gas metano producido por la flora microbiana que habita en el aparato digestivo de los rumiantes. Frente a esto, los canguros, que no lo son (rumiantes), apenas generan metano dado que en su sistema digestivo dominan otros microbios no metanógenos. Ello convierte a la marsupial en la opción cárnica más sencilla, inmediata y bien vista. Toda vez que otras alternativas que se barajan como vacunar/medicar a los rumiantes para modificar su flora microbiana o modificar su alimentación, serían más difíciles de digerir para la sociedad. Que la crisis de las vacas locas nos ha enseñado que con la comida de la comida no se juega.
De vuelta al aspecto nutricional, una dieta basada en la carne de canguro tampoco tiene desperdicio, al tratarse de la carne roja más magra y con mayor contenido protéico; además de ser rica en hierro y zinc; y la mejor fuente conocida del saludable ácido linoléico conjugado: un ácido graso adscrito a los cada vez más populares “poliinsaturados” al que se le señalan no pocos beneficios para la salud –ayuda a prevenir las enfermedades cardiovasculares, diabetes y cáncer; a reducir la grasa abdominal, etc-. y que es producido por microorganismos presentes en el estómago de animales pacedores… como los rumiantes o los canguros

Porque comer a deshoras engorda más de la cuenta (de la cuenta calórica, claro).
Conste que no lo digo yo, que lo dicen investigadores de la Northwestern university en la revista especializada Obesity, que, de hecho, señalan esta circunstancia –la constatación de que la gente que trabaja a turnos, y que por tanto tiene que hacer una comida fuerte con nocturnidad, tiende a tener sobrepeso- como una de las motivaciones que les impulsó a estudiar si existe alguna relación entre comer a esas horas intempestivas (las de la noche) y coger kilos de más.
Que al parecer (de los autores de la investigación) sí existe. La clave, apuntan, radica en que el hecho de “comer a deshoras” entra en conflicto con nuestro reloj circadiano, esto es, el sistema interno que gobierna nuestro ciclo de actividad diaria en función de las horas de luz y oscuridad.
Explicado de un modo muy sencillo, nuestro organismo está programado para un periodo de máxima actividad física y metabólica entre el mediodía y el anochecer. En ese “horario” el organismo está “activado” y “encendido” y por tanto quema más y mejor el combustible ingerido en el desayuno y comida (en horarios) “convencionales”.
Por el contrario, el organismo entiende la noche como un periodo de descanso y recuperación por lo que se muestra mucho más remiso a activar la maquinaria y cuando no le queda más remedio que hacerlo, lo hace al ralentí, con un consumo energético mínimo. Lo que en consecuencia favorece la acumulación y almacenaje del alimento ingerido en las comidas nocturnas.
A modo de conclusión, podría decirse que la noche le confunde (al organismo).
La esperanza que les queda a los sufridos trabajadores por turnos es que, de momento, todo lo explicado hasta aquí sólo se ha comprobado experimentalmente en ratones. Todo salvo, claro está, la observación de que muchos acumulan michelines de más.
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