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Porque en su caso casi es peor el remedio que la enfermedad.
¿Y cuál es ese remedio? Pues tal y como desvela -¿se pilla el doble sentido?- en la novela Ángeles y Demonios, “Robert Langdon paseó descalzo por su casa victoriana de Massachusetts y tomó su remedio habitual contra el insomnio, un chocolate caliente”.
Un remedio de lo más contraproducente por cuanto el chocolate, de la misma manera que el café, el té o el mate es un estimulante del sistema nervioso central en virtud de su contenido en teobromina, un alcaloide emparentado con la cafeína y la teofilina, aunque de efectos más moderados.
Bueno hombre, tampoco es cuestión de sacar los pies -y el cacaotero- del tiesto. Que la mayoría de la gente cuando afirma que se toma un chocolate no se refiere al espeso, concentrado, amargo y picante brebaje azteca -el chocolatl- sino a un tazón de leche caliente con colacao o nesquik o…; donde aquella es la verdadera responsable del efecto somnífero.
No pierdas el sueño con eso, que también he contemplado esa opción. Lo que sucede es que la creencia de que la leche caliente ayuda a dormir es una suerte de leyenda urbana. Para entendernos, y para homenajear a Arguiñano, un “truco” rico, rico -tanto que yo no me resisto a ponerlo en práctica cada noche en alguna de sus numerosas variantes: con té, con café, con canela, con miel, con coñac y, por supuesto, también con cacao- pero sin fundamento científico. O mejor sería decir sin fundamento bioquímico.
La inmerecida fama ganada por el tazón de leche caliente como remedio infalible para conciliar el sueño -lo que, por cierto, desmonta el dicho popular de coge fama y échate a dormir- está motivada fundamentalmente por su “elevado” -en comparación con otros alimentos- contenido en triptófano, un aminoácido esencial que favorece la segregación en el cerebro de serotonina, un neurotransmisor con efectos calmantes y relajantes que actúa sobre el humor, el apetito y hasta la sexualidad; y también, claro, sobre el sueño por ser el precursor de la hormona melatonina, que regula el ciclo diario vigilia-sueño.
El problema con el triptófano es que para que ejerza su supuesto efecto somnífero antes debe ser, primero, asimilado, y, segundo, debe acceder al cerebro lo que exige pasar del torrente sanguíneo a aquel atravesando la barrera hematoencefálica. Un proceso en el que compite con los restantes aminoácidos. Y resulta que la leche, por ser un alimento protéico, además de en triptófano es también rica en muchos otros aminoácidos que no están por la labor de facilitarle la ídem.
Para entendernos, el paso a través de esta barrera hematoencefálica es como las colas que se forman delante de las taquillas para conseguir la entrada a un evento. A más aminoácidos, más competencia encontrará el triptófano para conseguir entrar y hasta puede que para cuando le llegue el turno cuelgue ya el “no hay billetes”.
No obstante, hay una forma de “garantizar” el chute de triptófano lácteo y es tomar la leche acompañada no con chocolate, sino con cereales -que, eso sí, pueden ser chocolateados-, ricos en hidratos de carbono, que favorecen la liberación de insulina que, a su vez, facilita la entrada del triptófano al cerebro. Será por eso que los que cenan all brans con leche, duermen tan a pierna suelta y se despiertan de tan buen humor que no les importa que su chucho tome al a-salto su cama.
Pero que Robert Langdon y el resto de brownófilos -esto es, los seguidores de Dan Brown, que no de los brownies, que entre estos también me incluyo yo por más que sean mucho más indigestos que los cereales precedentes- no canten victoria, ni mucho menos bostecen, ya que ni por esas el triptófano así adquirido conseguirá dormirte. ¿Sabes cuanta leche con cereales deberías ingerir para que “funcionase”? Si mis cálculos no fallan, redondeando, poco menos de ochocientos tazones. Si te sirve de consuelo, también se ha calculado que haría falta comerse cuatro pavos -otro de los alimentos ricos en triptófano, todavía más que la leche, y en consecuencia también con inmerecida fama de sedante- para que los efectos de su triptófano se dejasen sentir.
Pero entonces, ¿por qué hay tanta gente -yo entre ellos, tal y como confesé desde un primer momento- a la que la leche caliente ayuda a “quedarse frita” -aunque los fritos no ayuden en absoluto, sino todo lo contrario ya que la comidas pesadas interfieren en el ciclo del sueño; ni aunque sea leche frita, (lástima, ¿eh?, madrina)-?
Descartado el relajante efecto de beber un líquido calentito, que sí, relaja cuando hace frío, pero que en esas noches pegajosas en las que el calor te impide conciliar el sueño sólo logra que rompas a sudar aún más y ya me contarás qué tiene eso de relajante; sólo nos queda el factor psicológico. O si se prefiere una “variante de parafarmacia de ese tan maravilloso fenómeno que es el Efecto placebo”. Bueno, pues ese, o esa, es la respuesta.
Lo explicaré desde mi experiencia personal pero, seguro, transferible a muchos otros. Mal que nos pese somos animales de costumbres que agradecemos mantener nuestras rutinas diarias. Una de las más extendidas es la del tazón de leche nocturno previo a irse a la cama. En mi caso tomármelo -sea con lo que sea- y quedarme groggy en cuestión de minutos es todo uno. Y no es porque sea leche, sino porque ese gesto constituye el “aviso”, la “señal” al organismo de que, por fin, la agotadora jornada ha acabado, que ya he cumplido con todos mis quehaceres y ya puedo dejarme ir. Y vaya si me dejo.
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