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Por si no lo recuerdas, te refresco la memoria -y en esta afirmación se esconde una gracia que pillarás si tienes un poco de paciencia y continúas leyendo-: en su intento de llegar al muelle para tomar el último ferry que sale de la isla en la que se ubica el parque, Dennis Nedry acaba extraviándose y adentrándose en el recinto, donde es atacado y devorado por un dinosaurio “canijo”.
Si, bueno, que mala pata, pero ¿qué tiene eso que ver con la comida, aparte de que Nedry se convirtiese en el menú del día?
¿Acaso no recuerdas el lamentable aspecto que presentaba su mesa de trabajo, inundada de latas de refrescos varios y envoltorios de chocolatinas y otras chucherías edulcoradas a base de bien y, también, muchos de ellos, a base de HFSC, siglas anglosajonas bajo las que se oculta el sirope de maíz de alto contenido en fructosa, uno de los principales edulcorantes empleados por la industria alimenticia?
Pues resulta que un reciente estudio efectuado por investigadores de la universidad de Georgia State ha puesto de manifiesto que el consumo excesivo de fructosa afecta de mala manera a la memoria espacial, al menos a la de las ratas sujetas a estudio. En concreto, las ratas “hiperfructosadas” -un pequeño homenaje a Super-ratón- sumergidas en una piscina, no mostraban mayor dificultad -que las “sin”- en encontrar la plataforma que les servía para superar el mal trago. Sin embargo, si la mostraban para recordar la ubicación de aquella la siguiente vez que las ponían a remojo.
Aclaremos una cosa: la fructosa “per sé” no es mala. De hecho, es el azúcar típico de frutas, verduras y miel, además de ser la mitad del azúcar de mesa (desde un punto de vista químico, sacarosa, un disacárido formado por la unión de una glucosa y una fructosa).
Es más, ponerle un poco de este azúcar a la vida hasta es buena cosa. Y lo es por dos motivos: porque tiene una capacidad edulcorante 1,7 veces mayor que el azúcar común, es decir, endulza más, por lo que para conseguir el mismo dulzor se requiere menos cantidad y, por tanto, una menor ingesta de calorías -ese y no otro es el secreto de la sacarina y demás sustitutos del azúcar normal en los regímenes de adelgazamiento, que endulzan “más por menos”-. Y porque además es un azúcar de bajo índice glucémico, lo que significa que a diferencia de lo que sucede con la glucosa (incluida la que va en el azúcar de mesa) y en muchos otros azúcares que apenas son digeridos y ya entran en sangre produciendo los tan denostados -sobre todo por algunos médicos integrativos- picos de glucosa -subidones de energía que, inevitablemente van seguidos de bajones en los que te sientes pa’l arrastre-, la frutosa es metabolizada y asimilada de forma progresiva, lo que supone un aporte de energía más moderado pero continuo. Consecuencia directa de que mientras la glucosa es metabolizada por cualquier célula del cuerpo, la fructosa sólo se procesa en el hígado.
Y en ese bendito “pecado” encuentra su “penitencia”: cuando consumimos de una sentada fructosa en cantidades “industriales” el hígado se ve desbordado y en lugar de convertirla en glucosa activa un plan de emergencia para salir del paso sin colapsar. Plan de emergencia que consiste en metabolizar la fructosa en triglicéridos -proceso que le exige menos dedicación- a los que da salida a través del torrente sanguíneo.
Para acabar de verlo, imagina que para celebrar tu cumpleaños organizas una cena íntima -esto es, con tus amigos íntimos- a los que esperas sorprender con unas pizzas caseras de lo más saludables. Pero cuando suena el timbre y acudes a abrir la puerta te enfrentas a un batallón de amigos, conocidos y conocidos de esos conocidos a los que tus íntimos han decidido avisar a modo de regalo sorpresa. ¿Qué haces? aparcas tus saludables pizzas para mejor ocasión y llamas al servicio a domicilio más cercano para salir del paso. Aunque eres consciente de que luego la mitad de los invitados requerirá sal de frutas para poder pegar ojo. Pero al menos ni tú ni tu horno habéis colapsado en el intento. Y hay una farmacia de guardia a la vuelta de la esquina…
De vuelta a los triglicéridos metabolizados deprisa y corriendo por el hígado ante la invasión de fructosa, una parte de estos alcanzan el cerebro donde, según el estudio, interfieren con la insulina presente, que juega un papel esencial -por ser la hormona encargada de regular el aporte de combustible, en forma de glucosa, a las células para que estas lleven a cabo las costosas, desde un punto de vista energético, procesos de síntesis que sean necesarios para su buen funcionamiento- en la capacidad de las neuronas de procesar, adaptarse y cambiar en respuesta a las nuevas experiencias y los estímulos externos. O en otras palabras, a la capacidad del cerebro de generar recuerdos a base de establecer nuevas conexiones neuronales. Algo que ahora no pueden hacer al faltar la insulina que les suministra dicho combustible.
Cierto es que las ratas del experimento fueron sometidas a una dieta con unos niveles de fructosa -de hasta el 60% de su ingesta calórica- que ni en sus mejores sueños alcanza Nedry, por lo que lo formulado aquí es sólo, y de momento una mera hipótesis.
Lo que ya no es una hipótesis sino un hecho consumado es el tremendo poder edulcorante de la frutosa, como lo demuestra el que gracias a ella te hayas tragado enterita esta explicación… ¿y de que hayas quedado con ganas de repetir?
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